En medio del tinte verde de los árboles a su alrededor, de a poco dejándose seducir por el negro que venía con el anochecer, pensó en lo sucedido hace un par de horas. Por un par de segundos el tiempo cedió y sus ojos se humedecieron. El recuerdo de aquella vida sin sentido le inundaba de una sensación desconocida para su existencia.
Sólo la había visto una vez, sólo sintió su olor, por una vez. Su suave voz fue el detonante de la avalancha que terminó por acabar la perfecta vida que creía tener. Una mujer con una sonrisa mágica era la responsable de la tempestad en su imaginación. Ahora vivía, ahora la odiaba, en lo más profundo de su ser sabía que la deseaba. Identificar lo que sentía se volvía complejo cuando lo embargaban sensaciones que nunca había experimentado, peor aun sus inútiles intentos por formular alguna palabra que le devolviera la razón. Entre tanta lejanía a los sentimientos que lo habían llevado a estar ahí, en ese río, en ese frío día, solitaria compañía de un mundo que creía conocer, pero que ahí, en ese río, le hacía sentir insignificante e increíblemente estúpido. La catarsis comenzaba a manifestarse, y poco a poco, aquellas palabras que antes carecían de sentido, comenzaban a pelearse por brindarles la verdad que hoy estaban dispuestas a entregarle.