En la pared el viejo reloj marcaba las 18:50, Amanda estaba por regresar a casa, la esperaba con ansias. En su cuerpo comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de una gripe, nunca había sido tan susceptible a enfermarse como en los últimos 6 meses, entre algunas complicaciones estomacales y gripes que iban y venían le habían llevado a no sentirse para nada a gusto consigo mismo. Habían pasado ya 8 peses de aquel episodio que de vez en cuando, por las noches, recordaba con nerviosismo.
Siempre se había considerado un hombre fuerte e independiente pero el haber enfermado tanto el último tiempo le había obligado a contratar a una persona para que le ayudara en los cuidados del departamento, y aunque no estaba en el contrato, en el cuidado de él mismo. Amanda trabaja a tiempo completo, sólo lo dejaba por las tardes y noches de Viernes y Sábado que eran los minutos que ella tenía para sus temas personales, el resto de la semana se quedaba con él acompañandolo. Él nunca tuvo problemas económicos, venía de una familia adinerada, hijo único que había heredado la compañía que su padre tardó toda una vida en formar. No conocía muchos detalles de Amanda, no le interesaba, trataba de mantener la relación con ella como estrictamente laboral, lo intentaba, sólo una extraña sensación cuando la vio por primera vez le hizo comprender inmediatamente que ella era la persona indicada, algo difícil de explicar, mucho más para una persona que no acostumbraba a decir lo que sentía. De vez en cuando conversaban, nada muy profundo ni personal, cada vez que se avecinaba algún tema más personal, él se encargaba de recordarse a sí mismo que era sólo una relación laboral que en cuánto el mejorara de su salud, acabaría. Cuando habían pasado varios minutos desde que se detuvo a ver desde el balcón notó que Amanda se estaba tardando más de lo habitual, la compilación de Vivaldi que sonaba en su departamento ya había sonado completa, en calle comenzaban a cerrar los locales de artesanías que rondaban la plaza frente al departamento. Amanda no había llamado ni avisado de algún inconveniente para llegar al trabajo y él comenzaba a preocuparse.
En su cabeza comenzaban a surgir algunas preguntas entre la preocupación y cierto grado de desesperación que le sorprendió. Bajó por el ascensor hasta el recibidor, caminó deprisa donde el guardia a preguntar si había visto a Amanda llegar, el guardia, que conocía a Amanda bastante bien, le respondió a cada una de las preguntas que él le hizo en menos de 3 minutos, entre que él seguía haciéndole las mismas preguntas pero con distintas palabras, por las puertas del gran edificio que lo refugiaban del mundo, entró una muchacha agitada y sonriente, con su respiración rápida y su cuerpo notoriamente acalorado se acercó y le dijo: Hola Vincent, perdón por la demora.
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